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Gaceta de Arte

Por José Manuel Martín Fumero

Gaceta de Arte se erige como el culmen de una serie de proyectos de revistas que apuntan a horizontes de modernidad. Este camino se inician con la modernista Castalia (1917), continúa con el heterogéneo semanario Hespérides (1926-1929) y, hasta llegar al momento cumbre que la aperturista y ecléctica Gaceta de Arte constituye, tiene dos momentos de ingente intensidad crítica y creativa en La Rosa de los Vientos (1927-1928) y Cartones (1930). Sin duda, Gaceta de Arte es una de las más sobresalientes revistas artísticas de la Literatura Española del siglo XX, tanto por su alto nivel intelectual como por la enriquecedora y múltiple disparidad de campos que abarca.

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Selección de textos

G. A., n.º 33

Música y poesía

1.- Bécquer

La poesía de Bécquer es un hombre vestido de blanco, corriendo atropelladamente por una estrecha senda, perseguido muy de cerca por una furiosa jauría de perros rojos, verdes, azules, amarillos, azuzada por un absurdo Arlequín que salta al compás de una frívola música que él mismo toca un una flauta de plata.

Va la sombra del perseguido buscando en la de cada árbol amparo. Sangra su corazón una huidiza y negra sangre, que parece confundirse, al caer, con la sangre de la sombra de los árboles –que también tienen su sangre las sombras-; pero que, en realidad, es la sombra de su corazón, caída entre la hierba, fluida, oscura y honda. Tras de cada piedra, una mano le acecha. Tras de cada seto, le espera un hábil lazo. Bajo cada pie, se abre un cepo de lobo, y un arco le dispara en silencio, desde cada escondrijo, una rabiosa lluvia de flechas.

Corre el hombre del traje blanco, corre y corre. Corre en zig-zag violento, atolondrado. Pálido, ciego, sordo. Ha perdido, en su carrera, un zapato, un pañuelo negro, un guante de mujer y una anónima lágrima, que ha quedado sobre el camino, enredada entre las lenguas de los ácidos canes.

De vez en cuando, cansados de la persecución, bailan los perros, para descansar, en torno a los saltos de Arlequín y de su argentina flauta. Pero ni aun así hay alivio para el hombre del traje blanco: un rebaño de cruces trota entonces a su espalda con un sordo ruido inconfundible de zuecos.

Y la estrecha senda no se acaba –no acaba de acabarse-, en tanto. Su final está más allá del lejano horizonte donde una vieja luna ilumina el llanto de una mujer que pasea su tristeza de Ofelia del Sur por las alamedas de un gran parque desierto.


2.- Chopin

La música de Chopin es una flor de azucena, ahogándose en un jarro de cristal cuya agua contiene cenizas de cartas de amor, rizos negros, gotas de semen y largos dedos amarillos. El jarro está colocado sobre una gran mesa negra, que igual puede ser un piano de cola, que una cama nupcial, que un ataúd, que una góndola.

Un candelabro medio derribado, con su vela aún encendida, chorreando esperma; una pluma oxidada; un sobre a medio escribir; un pequeño perro de lanas, con un lazo azul en la cabeza y una medalla de oro colgando del pecho; unos papeles arrugados; una uña de mujer; un ejército de hormigas arrastrando trabajosamente un grueso caramelo amarillo. Todo esto en torno al jarro de cristal y sobre la mesa que sostiene a este: cortejo de la flor de azucenas y de su agua turbia, de su áureo pistilo y de su desmayada fragancia.

No es el agua del jarro la que canta, dentro de su cárcel de cristal, una melodía infinita, que envuelve a la flor de azucena en un manto de falsas piedras preciosas. Sino que es ella misma –la flor de azucena-, acariciada a la vez por un mechón de lacio cabello que una doliente cabeza le trae y por los flecos de una cortina rota, que el viento, entrando en una insospechada rendija, acuna dulce y blandamente.

Llueve en el jardín. Una gotera nueva, después de hacer su rosa de humedad en el centro del techo, cae sobre la azucena, y ennoblece su agonía y aclara el agua de su muerte. Ella ve –la gotera-, desde su húmeda cima, cómo un pálido y largo rostro yace en el fondo del jarro de cristal, cómo, desde allí, unos ojos lánguidos la miran y unas suaves manos agitan bajo el agua un pañuelo rosa.

Una racha de viento abre una ventana, silba en la chimenea, se precipita sobre un manojo de periódicos a los que hace revolotear en el aire, arranca un cuadro de su alcayata y va a arrojarlo sobre el jarro de cristal y su azucena agonizante. El momento en que el vals va a acabarse del todo, en que las últimas notas del final se escurren, para caer sobre el teclado, entre los dedos del pianista, parece haber llegado. Pero el vals vuelve a comenzar, comienza –recomienza y torna a recomenzar- de nuevo.

La flor de azucena es una mariposa muerta, caída en el agua, después de pasar por la altiva y rubia llama de siete dobles candelabros.

Agustín Espinosa