Un espacio concebido para la difusión de la literatura del Archipiélago, dirigido al público general y a los profesionales de la enseñanza. En la ficha de cada autor, realizada en tono divulgativo por conocidos especialistas, podrás acceder a sus datos esenciales: quiénes son, sus obras, su significación cultural y literaria, bibliografía, recursos multimedia y una selección de sus textos.

Isaac de Vega

Por Juan José Delgado

Es autor de una considerable obra narrativa que se ha desarrollado por toda la segunda mitad del siglo XX y alcanza los primeros años del XXI. Su mundo de ficción se puebla de personajes problemáticos y excéntricos que salen del mundo común en busca de un conocimiento o de una verdad que, como todo espejismo, resulta inalcanzable.

Descárgate este autor

Selección de textos

DEL LIBRO FETASA

Fragmento del capítulo I

RAMÓN está sentado en un parapeto medio derruido, a la orilla del mar, las manos en el muro y la mirada en la negra superficie del agua. Sus pensamientos confusos han doblegado su débil cuerpo, inclinado hacia adelante, y vidriado estúpidamente sus ojos. Tiene sensación vaga de lo que le rodea. Incluso sus propias ideas están amordazadas, inoperantes en un fluido denso y aceitoso.

Es más de media noche. Las estrellas lucen claras en el firmamento y a su débil claridad se levantan bruscos y negros los accidentes de la costa. Dentro de poco saldrá la luna. Entonces tendrá que salir. El mar está quieto, negro y manso, amenazador y frío en su quietud, sin fin hacia el horizonte, agobiante con su masa enorme. Apenas si unas leves ondas chapotean en la playita y, de tarde en tarde, ponen una roseta blanca en torno a las rocas cercanas. Más lejos, la costa se adentra bruscamente en el agua en una punta audaz y afilada. Allí tiene que ir.

Tiene el cuerpo cansado y dolorido. Le duelen los hombros. Y las manos apoyadas en el suelo. No obstante, sigue en la misma posición, en su aire de sorprendido estupor. La imposibilidad de comprender lógicamente sus últimos pasos han llenado su alma de miedo y de frío su cuerpo. Se siente inerme ante fenómenos extraños, abandonado a fuerzas caprichosas, pero terribles y hostiles. De la masa de las sombras pueden concretarse figuras malignas nacidas no se sabe cómo, pero que querrán martirizarle y hundirle en la desesperación. Y no sólo de la noche. También surgen de los mismos luminosos rayos del sol. Todo es fuerte, grandioso. Únicamente él está desvalido, juego arbitrario de una Naturaleza desconcertante. El Universo cambió su faz en unos solos instantes.

La noche tiene en su placidez un latido de miedo. Muy lejos, hacia el extremo del mar, la luna va surgiendo de las aguas. Ramón quiere desperezar su embotado cerebro. Buscar alguna cosa, encontrar un asidero.

Aquella mañana se encontró, sin saber cómo, atravesando un paraje solitario, sin bullir de vida, ni siquiera del viento. Iba ascendiendo una larga pendiente, falda de una montaña antigua y desgastada, de sucia tierra amarilla y piedras blanquecinas. A ratos, al abrigo de las peñas, aparecían algunos matojos de hierba reseca y matorrales sarmentosos. Tenía la sensación de muchas horas de marcha. Entonces sentía cansancio y maravilla, porque dentro de su agotamiento vislumbraba un manantial de energías ignorado. Existía una fuerza extraña que le impele a caminar. Caminar incansablemente, sin meta fija. Algo fantástico se estaba atravesando en su metódica vida. No le molesta aquel cielo sin color, ni el páramo triste, ni el silencio completo. Todo queda amortiguado por una emoción entrañable, interna, que le impulsa a seguir. El polvo iba cubriendo su cuidado traje negro y la frente sudorosa. No le importaba. Se sentía muy lejos de los mármoles de su oficina, de las grandes mesas cubiertas con planchas de cristal, de su meticulosidad exigente, de los amables saludos de los subordinados. Estaba olvidado. Aspiraba la enorme, la íntima alegría de aquel ascenso inacabable.

Entonces no pensaba en nada. Su pensamiento se reduce a la percepción de la estrecha faja de tierra que va hollando, como un pensamiento sólido, confundido y a la vez creado con la tierra y, ésta, creación de su espíritu. Durante unos momentos anduvo más despacio para gozar del silencio, porque se sentía sumergido en él, traspasado su pecho por sus incontables agujas.

Después el sendero embocó por parajes menos penosos. Culminó la curva de la montaña. Apareció ante él una pequeña meseta de bordes difusos y tan árida como el campo recorrido. En la distancia divisó una construcción gris, achatada. Era un gran edificio, cubiertas sus fachadas iguales por muchas ventanas que se alejaban en innumerables ringleras. El tiempo destiñó las pinturas de puertas y ventanas. Emana de su cuerpo una tristeza solemne y un abandono desolador. Se introdujo por una amplia puerta de gruesas maderas. Recorrió muchas estancias. En todas ellas las paredes estaban cubiertas hasta el techo de grandes estanterías llenas de pesados libros, unos modernos y otros con la señal de los muchos años. Finalmente, al entrar en una amplia sala, idéntica a las demás, unas palabras amables le llamaron desde un rincón.

Se encontró ante un anciano venerable. Tenía por única vestidura una especie de sábana, impolutamente blanca, en torno a su enteco cuerpo. Su cabeza era grande, potente, dotada de inteligencia, rezumadora de un gran poder anímico. Sus ojos claros sonreían cariñosos. Pasada la sorpresa, se sentó, a instancias del anciano, en una silla de madera tallada, separado de él por una pulida mesa de exquisito material. El anciano, mientras extendía sobre la mesa un amplio libro de registro, le tranquilizaba con miradas bondadosas. Se siente beatíficamente cómodo después de la larga caminata. Su interlocutor sacó un brazo descarnado de entre los pliegues de la sábana, empuñando una pluma de ave que mojó en un tintero. Mientras efectuaba estas operaciones le dirigía miradas tranquilizadoras.

—Yo sé, mi buen amigo, que muchas personas sienten un terror desmesurado al tener conocimiento de cierto hecho capital. Por eso quiero tranquilizarle, demostrarle lo infundado de tales aprensiones. Pero usted mismo puede asegurarse. Ahora se encuentra bien, perfectamente. Usted no siente nada raro. La vida, querido amigo, no es una cosa extraña, como tal vez haya oído centenares de veces, sino algo sencillo y sin trascendencia. Es un simple fluir que en un punto determinado cambia de dirección.