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Isaac de Vega

Por Juan José Delgado

Es autor de una considerable obra narrativa que se ha desarrollado por toda la segunda mitad del siglo XX y alcanza los primeros años del XXI. Su mundo de ficción se puebla de personajes problemáticos y excéntricos que salen del mundo común en busca de un conocimiento o de una verdad que, como todo espejismo, resulta inalcanzable.

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Selección de textos

DEL LIBRO SIEMPREVIVAS

LA FORTALEZA

Un día el hombre pasó, errabundo tal vez, por el teso de la colina y gustó de las laderas áridas. Desde lo alto contempla un contorno gris, la seca tierra ondulante. El cielo sin nubes, de un azul tan pálido que a ratos pareciera blanco, lejano, desvaído. Sarmentosos arbustos presos en la esterilidad se enfrentan en torturado retorcimiento, inacabablemente hostiles. El sol chupando sus jugos y estría las corcovadas ramas, secas como los brazos de un viejo. Es un sol que traspasa la tierra y deja en el aire un sordo latir de lejanía y de olvido.

Y él se sintió conforme con aquel cielo ilimitado, sin nubes y sin azul; con el paisaje duro; con el aire torpe y denso. Creó una esperada y propia fantasmagoría: entre las nieblas del polvo y las de su mente previó, en la redonda altura, un signo de victoria, de inmortalidad, de poder para todos los tiempos. Como un confuso alcázar, un castillo casi catedral, cuyos puntiagudos extremos se alzarían como un símbolo en el paisaje solemne. La pétrea campiña vibra visible lanceada por el sol. Tras los horizontes acaso una tierra verde, húmeda y a la vez cálida, creadora dócil de la carne suave y de los violentos y turbios torbellinos de los extendidos colores.

Contrató hombres que le ayudaran. Hombres que arrancan trozos de basalto y los tallan con afanosas manos. Hombres silenciosos y tenaces, de rostros inmóviles. Bajo su tesón la fábrica va surgiendo y ya, desde la cúspide, se domina más allá de los próximos collados resecos. El mundo se dilata, se agranda, incluso hasta los altos del cielo.

Sus ojos se cierran al atardecer. En lo alto de los muros incompletos su fantasía descansa en el paisaje. Y queda rendido el cuerpo hasta la mañana siguiente. El sol, sin barras de nubes sobre el confín, aparece como una gran bola roja sobre las líneas lejanas. Los ayudantes se desperezan y los muros siguen subiendo, suben cada vez más. El trabajo tiene algo de agrio, de una rigidez que se apaga hasta que siente los brazos inmersos en una energía que casi no es suya, que está girando alrededor todo del ajeno contorno. Si quiere, puede pensar que acaso procede de las invisibles estrellas.

* * *

Una mañana, al despertar, tuvo ante sus ojos el telón confuso de una mujer que lo mira y sonríe. No entiende, y retira el cuerpo. La sigue mirando y ve cómo se concreta su figura. Ella sonríe ante su estupor, y la sonrisa varía con un leve movimiento de sus labios. Finalmente ella vuelve la cabeza hacia abajo: los obreros suben los pesados bloques. Sigue, admirada, su lento desplazarse. El hombre continúa confuso y silencioso y en su cabeza se deshacen y forman como unas extrañas nieblas. Quizá de siempre, confusamente, la esperaba, y quizá también de esta manera mágica e imprevista. El sol naciente matiza de rojo sus cabellos y la lisa piel de su brazo desnudo. Permanecieron inmóviles, sin hablarse. Ella, llevando la espera en la contemplación de los obreros, y él sin un claro pensamiento.

Si, sencillamente ella apareció un día; y de su origen sólo respondió con un vago gesto hacia el horizonte.

Uno de los torreones insinuaba su definitiva forma. Se completó con un techo de sarmentosas ramas.

* * *

Se concluyeron las numerosas bóvedas del primer piso Ya sólo falta la cúspide, enormes torreones aguzados; las almenas, las fuertes puertas de roble.

Pero los hombres recibieron con odio a la mujer y aunque ella ayudaba graciosamente subiendo pequeñas piedras, y les sonreía, abandonaron el trabajo. Primero los más débiles; luego, los otros. Cesó el sonido del hierro del basalto y el lento, firme, laborar. Ahora la piedra está quieta y en toda la obra, un aire de desánimo y abandono, de impotencia y de fracaso. Unos cuervos vinieron anidar en los huecos de las abandonadas paredes y el martillo y el cincel fueron sustituidos por sus graznidos ásperos. Dan vueltas sobre el alcázar y lanzan al hombre sus acompasados chillidos de escarnio.

Porque está solo. La mujer marchó con el último de los obreros.

Solo, y quiere acallar su tristeza trabajando. Pero al caer la noche ya no le rinde el cansancio en un sueño d olvido o de fantasía. Desde un torreón, sus ojos insomne ven la llegada de las sombras y aparecer en el cielo, en 1a atmósfera diáfana, las estrellas, enormes y luciente. Ahora sí que el cielo es azul; tan azul que se hace negro y los collados vecinos se enfantasman de castillos. Abajo las plantas tampoco duermen. Están poseídas de un insomnio frenético. Hincan sus desesperadas raíces en la roca reseca, en los guijarros calcinados, en la tierra arenosa. Hienden la peña, dispersan sus tentáculos en busca de una sombra del agua. Luchan desesperadamente en noche en un combate inacabable por conservar sus vida Sus doloridas raíces hurgan en un angustiante vacío, sin redención ni esperanzas. Un día, cualquier día, nacieron a la vida. El sol las sorprende en su agónico afán. Entonces miran hacia arriba, hacia el astro sin clemencia y se cierran a él. Se retuercen aún más, vigilan sus menores ramitas, taponan sus mínimos poros. Sigue la lucha por no dejarse matar.

* * *

El alba le saca de un sueño de cadáveres descompuestos y burlones. Tan cansado está que observa indiferente el lento elevar del sol, y el cansancio lo tiene muy adentro. Las obras recientes parecen muy antiguas, abandonadas de siglos, ruinas. El soberbio alcázar no se terminará jamás. Un resto de energía le hace descender y cargar un sillar sobre sus casi indiferentes espaldas. En la mañana clara, el aire sereno da gran profundidad al paisaje. Lo vuelve inmenso, poderoso, apasionado. Se siente lo infinito, sin fronteras. Recuerda el país de detrás de las más lejanas colinas con sus valles húmedos, verdes; los regatos que nacen de las breñas llevan su agua, fría y móvil, por entre los árboles musgosos y se unen en un riachuelo entre orillas cubiertas de álamos, y que se remansa formando estanques donde el agua se oculta bajo las plantas acuáticas.

No quiere pensar en ello. Sube despacio con su gran piedra. En lo alto, el cielo vira hacia un gris blanco, inhóspito. Allí, soledad, y en torno. Todo es una ruina in-mensa.

Se detiene y descansa. Ahora le parece que su obra es tan ilimitada y sin sentido como el paisaje. Está cara a un cielo cruzado por lentas blancas nubecillas, echado sobre la hierba húmeda, sobre la tierra blanda. Ver humear las casitas en un valle plácido. Oír el paso de los campesinos. Tener un verde tallo entre los labios.

No tiene sino decidirse y emprender el retorno. Todo fue sueño, tontería, enseñanza. Pero, no. Dos cuervos graznan sobre su cabeza, describiendo el mismo cerrado círculo. Los mira unos instantes. Luego carga con la piedra y sigue la lenta, agotadora ascensión.