Un espacio concebido para la difusión de la literatura del Archipiélago, dirigido al público general y a los profesionales de la enseñanza. En la ficha de cada autor, realizada en tono divulgativo por conocidos especialistas, podrás acceder a sus datos esenciales: quiénes son, sus obras, su significación cultural y literaria, bibliografía, recursos multimedia y una selección de sus textos.

Isaac de Vega

Por Juan José Delgado

Es autor de una considerable obra narrativa que se ha desarrollado por toda la segunda mitad del siglo XX y alcanza los primeros años del XXI. Su mundo de ficción se puebla de personajes problemáticos y excéntricos que salen del mundo común en busca de un conocimiento o de una verdad que, como todo espejismo, resulta inalcanzable.

Descárgate este autor

Selección de textos

DEL LIBRO PARHELIOS

CAPÍTULO I

Sería casualidad que alguien, fuera de cierto círculo, conociera los extraños cuadros de Manero. Uno me impresiona: dos espantapájaros crucificados en unos palos. Los brazos en alto como en los fusilamientos de Goya, el cuerpo y la ficticia cara en trance de disolverse. Una apariencia de carne, fibrosa cera inmunda y agoniosa, en intento desesperado e inútil de mantener su forma; se estira, se descompone... Y por detrás de ellos unos campos de rastrojos pardos y sobre negro horizonte unas franjas rojizas y amarillas. Manchones confusos figuran un cielo que nunca ha existido. La angustiosa factura pone en sus caras una sonrisa de muñecos de trapo, sonrisa de ruina, mueca de momia embalsamada hace cuarenta siglos. Y se siente que no hay pájaros que espantar, ni ninguna otra ave, ni ninguna clase de vida. Los rastrojos no son de trigos ni de hierbas: manchas, pinceladas que ocultan y se disfrazan. Cuando por la tarde, bajo cierta luz, el cuadro se enciende y se llena de atmósfera y de calor, se acentúa la impresión de un mundo desierto, anhelante de que, por lo menos, un perro atraviese su paisaje y que respire de su aire.

El pintor, Manero Gil, hace veinte años que no trabaja. Fue afirmación de juventud. Hoy es un hombre hosco y reseco a quien casualmente conocí y que, con indiferencia casi desdeñosa, me lo regaló.

La soledad de ese cuadro, en mi a veces quebrado pensamiento, es la creación de otro mundo, otro planeta Tierra que no es el nuestro. Soñar en huir hacia dentro del cuadro, como en otros realizaron otros hombres, caminar por su campo nuevo donde no hay animal ni persona y sí sólo su magnética vegetación; caminar hacia el oscuro horizonte, una laguna oculta por plantas pantanosas, llegar más atrás y perderme más lejos de lo que el espectador puede desde fuera contemplar. Y una vez traspasado este cuadro, este plano primero, está uno seguro de que, aunque no aparezcan hombres, sí habrá muchos pequeños animalillos y que los lagos y los arroyos tendrán sus aves y sus lentos peces multiformes. Podrás sentarte a sus orillas y dejar que las horas pasen mientras el viento mueve las hierbas y lo alto de los árboles. O echarte de espaldas a tierra y ver cómo pasan las nubes, cómo brillan las estrellas. Ser, en ese planeta, como el único centro del Universo, en que los días se sucederán apacibles e infinitos. Nadie podrá intentar aconsejarte, porque no hay nadie. Ni el político vociferará lloroso y mandón: «¡Nuestros niños abandonados, nuestros niños tristes! Hay que llevar alegría a sus corazones, juguetes a sus manos. Darles libros. Hacerlos verdaderos hombres. Si no nos esforzamos en ello, en el día de mañana, ¿qué clase de cadáveres vamos a sepultar en nuestros cementerios?».

Pero estas ideas se me ocurren cuando estoy así, como ahora, mordido por la inseguridad de una conjetural injusticia. Cuando las leyes las hacen esta y otra variada gente, y la hacen cumplir sobre tu corazón. Supongo que ellos tendrán una grande y honesta satisfacción.

Estamos aquí, ahora, precisamente en pretendido olvido de esos caóticos rencores. El Tirano ha dicho: «Venid, hijos míos. Arreglemos las diferencias. Colaboremos todos juntos para un fraterno futuro»... Oblígate tú también, pobre diablo, deja tus paisajes de espantapájaros, de bosquecillos serenos, de tranquilos arroyos. Busca otra compensación a la mediocridad de tu vida. No te engañes con esa farsa de vivir peligrosamente, de ser motor de importantes acontecimientos... Ya te compensan. Debes envanecerte de estar con éstos. Te convocan con los grandes... Vamos a esa fiesta de la reconciliación, a la gran concentración de la Unión de las Ideas, y demás literatura. Están convocados los hombres importantes del país y también los hombrecillos que pueden llegar a serlo. Es preciso honrar a los futuros Nobel, que cualquiera sabe.

Este paisaje, el de fuera, es diferente, pero es el de todos. Lo vamos atravesando, traqueteados por nuestros coches. Avanzábamos por la deshecha carretera, sin firme alguno, hundidas las ruedas en los profundos surcos laterales. Cruza campos de matorrales y llanos desérticos. A ambos lados, el paisaje se diluye e incapacita para retener la atención. Conseguimos apoderarnos de un viejo automóvil descubierto: nosotros dos, yo y Samuel. Y otros cuatro más, gente de arte y de letras que de tanto verla conocíamos. Seguían y precedían otros coches cargados de personas de su categoría. Y tipos de la industria y del comercio. Que ya se sabe que son razas inferiores. Todo lo que produjera la intelectualidad de los últimos años. Una confiada mezcla de lo regular y lo mediano. […]