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Jorge Rodríguez Padrón

Por Sabas Martín

Reconocido como uno de los ensayistas más relevantes de las letras hispanas, Jorge Rodríguez Padrón ha dedicado especial atención a las relaciones entre la poesía en español escrita a ambos lados del Atlántico. Asimismo, son fundamentales sus numerosas aproximaciones a la literatura canaria. Sus últimos trabajos críticos se orientan a determinar las claves de la memoria literaria europea.

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Selección de textos

DEL LIBRO EN LA PATRIA PERDIDA

En Alemania, como en Inglaterra, la nueva actitud intelectual y existencial supone una conmoción del espíritu y un profundo cambio histórico, ya en la siglo XVIII, al margen de la concreta denominación, sea Romanticismo o sea Pre-romanticismo, que a ese momento se le quiera dar: se trata de una respuesta de la consciencia a la escisión del individuo-naturaleza (o realidad circundante), y también a la que se produce dentro del propio ser, ya no uno, ni sustentado por el orden de razón, sino varios, con los cuales hacer frente a los diversos y dispersos sentidos de la existencia, tanto aquellos que la afirman como cuantos vienen a negarla y a manifestar ese límite o carencia sin los cuales el ser no puede reconocerse por completo. Distancia y contraste, muy claros entonces, con respecto a aquel casticismo español que se refugió tan sólo en lo propio, en una identidad segura con la que sólo pretendía manifestar su rechazo a la estricta servidumbre de razón, por ser razón y por ser extranjera. Si los ilustrados españoles acallaron todo devaneo espiritual o sentimental, toda explosión retórica que viniera del Barroco, quienes a ello se oponían sintieron –por su parte- la imaginación como cosa ajena; no alcanzaron a comprender en qué consistía el vigor orgánico de la naturaleza, fundamental en la concepción del Romanticismo (la naturaleza, para ellos, apenas escenario); ni disimularon su extrañeza ante el mito y la expresión simbólica, como si nada significasen para la lengua literaria española, más allá de una sabida materia temática.

De cualquier forma, aquella subjetividad germánica, que viene de Hegel, no se tuvo por familiar de la afirmación individualista española, tan celebrada sobre todo a partir del levantamiento popular tras la invasión napoleónica, aquí, en lugar de reconocer y afrontar las limitaciones e imperfecciones del ser o los abismos del pensamiento, se responde sólo a lo establecido, sin arriesgar nada, creyendo hallarse en posesión de la verdad que, para el español, siempre ha sido su lugar más próximo, sus invariables costumbres, su renuncia a lo desconocido e inquietante.