Un espacio concebido para la difusión de la literatura del Archipiélago, dirigido al público general y a los profesionales de la enseñanza. En la ficha de cada autor, realizada en tono divulgativo por conocidos especialistas, podrás acceder a sus datos esenciales: quiénes son, sus obras, su significación cultural y literaria, bibliografía, recursos multimedia y una selección de sus textos.

Manuel Padorno

Por Ovidio López

Instalada en la tradición de Cairasco, la obra de Manuel Padorno es una indagación del libro de la luz atlántica que habita el hombre canario; situada ante objetos y paisajes, su poesía vaga, ve y descubre, por un desvío, la otra realidad soñada y no por ello menos real. El sorprendente resultado expresivo parece más propio de una sintaxis pictórica que de la gramática del discurso convencional.

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Selección de textos

DEL LIBRO EL ANIMAL PERDIDO TODAVÍA

AMERICANA LENGUA

José Lezama Lima


El patio de cristal apalabrado y liso

Y la silla arenosa, luz que se vacía


El ojo que te mira, en alto

Allá en el dormitorio donde ciego acude


El mar, el animal echado que se fundamenta

Y cuaja en tu interior, vivir en el lenguaje


La lámpara de luz parsimoniosa entonces

En el fanal derrama pulcra fiebre nítida


Araña la profunda lluvia espesa, espacía

La ventana larguísima, el bigote ralo


El árbol amarillo caribeño, la mejilla

Posada al borde del espejo verdecido


Yerba facial, el pelo cuando cristaliza

La flor enjabonada, la mano que embadurna


De espuma azul el pómulo, el labio rosa

La miel enjalbegada y la guayaba pía


Deslumbrante trasluz (el vaso de agua solo)

El oloroso patio blando en el que se humedece


El aromoso puro habano que chupa, humea

La floreciente brasa calda y la respira


El asma caudalosamente hebrea, el habla

Silbada, el instrumento susurrante,


Feraz, la planta oleaginosa y la saliva

Desnuda en el lenguaje descosido fresa


Americana lengua dada te posee dulce, fiore

Cuando la lagartija vegetal entera lame


La estalactita estalla en el labio vacío

Como si fuera todo lo que amé algún día


Mientras el belfo te olfatea hospitalario

Y en ti, el animal oscuro de la epifanía.



EL VERBO CANARIO


El náufrago habita un apartamento en la Ciudad Alta vacío. Vive allí. Duerme en el suelo, come en un pequeño bar familiar debajo de su piso. Nomadea las calles, se posa como un pajarraco taciturno al borde de la cornisa. Contempla La Isleta, El Confital, la Playa Las Canteras, Ciudad Jardín, la Playa de las Alcaravaneras, el Parque Santa Catalina, el Puerto, el Muelle Grande. Ve entrar (o salir) el barco comercial, el alto barco blanco del turista, el larguísimo petrolero semihundido, la lanzadera del jet-foil.


A veces pasa la mañana colgado en la cornisa sin ver nada, tumbado. Mira adentro, o al cielo. No ve absolutamente nada dentro de sí, ni fuera. Ni siquiera ve la blanda luz de la mañana, su vasto caudal luminoso. Profundamente dormido merodea las calles, con los ojos abiertos sin ver nada. Un barco que saliera, si acaso. La noche se derrama sobre él, cruza de golpe lentamente, tendido al fondo del mirador, recostado en el muro, en cuclillas, arropado por el soplo cálido silencioso. Ve, cegato, desatracar del muelle un fulgurante bulto oscuro, un carguero con todas las luces apagadas, sin tripulación, vacante. Es lo que ve. El náufrago balbucea no se sabe qué.


El naúfrago vive en lo alto de la montaña urbana encastillado en su soledad. Alguna noche se levanta de la mansedumbre, habla a la ciudad, en voz baja, íntimamente. A veces silabea (o silba) lo que tiene que decirle a esta ciudad pero no sabe cómo. A veces se le oye decir apoteosis. Alguna noche dijo patética. Pronuncia torpe éxtasis, busca las sílabas, trata de montar sonoramente esa palabra que no utiliza nunca: éxtasis. El náufrago no sabe todavía qué significación tiene, qué quiere decir. Parece que quisiera familiarizarse con ellas cada noche largamente, con urgencia. Que tratara de amansarlas, saber qué peso tienen, qué cuerpo, cantidad de sal, qué levadura, combustión, susurro, silabeo, silbo.


El náufrago cultiva con pasión esa planta alrededor suyo. Inmenso matorral sonoro. Árbol de la palabra. Se vuelve hosco, incómodo, como si no quisiese saber nada de nadie, molesto, cuando ronda la palabra que no se sabe cómo enunciar, de dónde viene, por qué. Cualquiera de ellas puede nacer en su casa, llegar a danzar, a todas atiende, mima, las corteja y cría. Él fecunda la palabra. A la palabra fea. A la palabra hermosa. A la palabra mala. A la palabra buena. A la palabra verdadera. A la palabrita.


El náufrago merodea por la Ciudad Alta, en Las Palmas de Gran Canaria, de día, de noche, insomne. Animal acorralado, trata de encabezar su vida con la palabra balbuciente, buscar esa expresión desconocida, conformarla, silbarla... (mira La Isleta, el incendio del aire, el muelle que emerge del oleaje...). Prorrumpe entonces, levantándose, echándose a volar: el Verbo canario. Éste. Éste es.