Un espacio concebido para la difusión de la literatura del Archipiélago, dirigido al público general y a los profesionales de la enseñanza. En la ficha de cada autor, realizada en tono divulgativo por conocidos especialistas, podrás acceder a sus datos esenciales: quiénes son, sus obras, su significación cultural y literaria, bibliografía, recursos multimedia y una selección de sus textos.

Manuel Verdugo

Por Ernesto Rodríguez Abad

Manuel Verdugo y Bartlett nació en Manila (Filipinas) en 1877. En 1908 fija su residencia en la ciudad de La Laguna (Tenerife), donde participa activamente de la vida artística y de las tertulias literarias. Allí vivirá hasta su fallecimiento el 17 de enero de 1951. Ha sido siempre catalogado como el miembro más destacado del grupo de poetas que representan el postromanticismo exaltado y el modernismo intimista de Tenerife.

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Selección de textos

De Fragmentos del diario de un viaje

NÁPOLES

Día** - Hoy no he salido del Hotel. Ha amanecido lloviznando, y durante todo el día, el monótono lagrimeo de un cielo ceniciento, me ha llenado de melancolía. Nápoles, con un cielo así, no es Nápoles, diríase una bacante disfrazada con pardo zayal de penitente.

Hallábame en el Salón de lectura hojeando un periódico de reclamos, cuando oí resonar en el comedor una estridente risa infantil, y una voz femenina que decía con severidad:”¡Pepito: a ver si te estás quieto!…”

¡Una familia española!: me dije lleno de alegría; y soltando el periódico me dirigí precipitadamente a cenar, para conocer antes a mis compatriotas. Valía la pena de haber suspendido la lectura del anuncio de unos chanclos de goma que me interesaba mucho más que las novelas de Salgari o de Carolina Invernizio.

La familia en cuestión, que comía en una mesa algo apartada de la mía, podría figurar muy bien en un regocijado artículo del inolvidable Luis Taboada. La señora ha bajado al comedor sin corsé, y parece tomar demasiado en serio sus deberes maternales. El marido tiene un color de limón podrido, que atestigua a cien leguas la ictericia aguda producida, sin duda, por los sinsabores del hogar doméstico. Los tres niños son dignos de un tríptico modernista. El mayor, que tendrá unos 16 años, es un pequeño paquidermo que respira resoplando, y mira a todas partes con unos ojitos saltones, completamente asustados.

El que le sigue en edad, es una reproducción reducida del padre: extremadamente delgado, con un pescuezo interminable y una cabeza enorme, Parece un alfiler de corbata. A esta desgraciada criatura, la he visto después, muchas veces arrimándose a los rincones como un borrico enfermo o desplomándose en cuantos sofás, divanes, butacas, sillones y canapés encontraba al paso. El más pequeño, (¡Pepito, a ver si te estás quieto!) de unos cinco o seis años, es guapillo, pero de un mal educado hasta hacerse odioso.

Se pasa el día -según observé después- subiendo y bajando en el ascensor. Sin duda, es el único que ha visto el angelito en toda su vida. Este inocente placer de sentirse transportado, le produce tal regocijo, que atruena el Hotel con sus carcajadas y sus gritos. He aquí esbozada la primera familia a la que he oído hablar en español desde que salí de Hendaya. ¿Eran catalanes, vascongados, andaluces, canarios, aragoneses o mallorquines? Esto es lo que no puedo precisar, porque, como he dicho, su mesa estaba algo apartada de la mía y su conversación llegaba hasta mí con un rumor confuso.