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Pepa Aurora

Por Cecilia Domínguez Luis

La tradición cuentística puebla la literatura de Pepa Aurora, por lo que no es raro ver en sus relatos animales u objetos que expresan sus quejas, sus sentimientos e, incluso, sus frustraciones. Lo mágico y lo real, la importancia de la palabra como vehículo de comunicación, la recreación del mundo clásico, fruto de sus propias lecturas infantiles, se unen en unos relatos que sirven tanto para ser leídos como para ser contados.

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Selección de textos

DEL LIBRO JUANA CATALINA la última bruja de Canarias y sus descendientes en el siglo XXI y otros cuentos

JUANA CATALINA (Fragmento)

A PARTIR DE ESE MOMENTO LAS RESPONSABILIDADES DE Juana aumentaron. Apenas le quedaba tiempo para enseñar a sus hijas. Fue entonces cuando comenzó a soñar con que ellas aprendieran a leer y que descubrieran en los libros los conocimientos que no podía enseñarles o que desconocía…, y quiso compartir sus sueños con los vecinos.

Desde ese instante se desató un temporal de murmuraciones y envidias y su nombre y sus hechos, aumentados o cambiados, corrieron de boca en boca; hasta que una vecina la denunció por bruja al Tribunal de la Inquisición.

Debo explicarles, antes de seguir, que la palabra “Inquisición” es muy antigua. Se parece a una horqueta con cuatro puntas, de esas que usan los labradores para aventar el trigo. Por ser tan rara nunca ha pertenecido ni pertenecerá al vocabulario de los niños…Bueno, pero es una palabra del diccionario y tiene su significado. En mi diccionario dice:

“Inquisición” (con mayúscula; La): Antiguo tribunal eclesiástico que castigaba los delitos contra la fe religiosa”.

Y uno de los delitos más graves que existía para el Tribunal de la Inquisición era el de ser bruja y practicar la brujería.

¡Pobre Juana Catalina que fue apresada por los inquisidores y separada de su familia…! ¡Cuánto sufrió la lejanía!

Cuentan, que en el juicio todos temblaban: los acusadores, los testigos, los defensores y hasta los jueces que se encontraba un poco ridículos juzgando a una mujer.

Comenzó a declarar la envidiosa vecina, temblando como una hoja seca colgada de un árbol.

Se le escuchó decir, entre sollozos, que si la bruja con sus malas artes le había metido un lagarto vivo en el estómago, o puede que fuera un perenquén venenoso…¿Y la de brujerías que practicaba…?¡Que si le había echado mal de ojo a sus hijos!

-¿Usted qué contesta a estas acusaciones?-le preguntaron a Juana Catalina.

Ella, con la dignidad de una gran dama, contestó:

-Practico lo que he aprendido de mis antepasadas. Es verdad que hago pócimas, emplastos y ungüentos y con ellos consigo que mejoren mis enfermos; pero nunca he hecho daño a nadie.

A continuación hablaron los testigos: unos a favor y otros en contra y cada cual contó lo que le pareció.

Al final le tocó el turno al Juez; un poco avergonzado por la cantidad de tonterías que tuvo que escuchar en la boca de los testigos envidiosos, y dictó sentencia:

“Pasará un año sirviendo en un convento. Al término de la condena volverá con su familia y no practicará jamás la brujería”.

Poco tiempo después de dictarse esta sentencia, el Tribunal de la Inquisición se disolvió y nunca más se condenó a una mujer por bruja en Canarias.