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Andrés Servando Llopis

Por Sinesio Domínguez

Su obra narrativa muestra una preocupación permanente por las personas sumergidas en la supervivencia o en los conflictos, anodinos a veces, interesantes en ocasiones. Todas sufren de una libertad cercenada.

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Andrés Servando Llopis reviste a sus personajes con casi todos los pecados y casi todas las virtudes y los va introduciendo en el relato con pinceladas precisas, sin prisas y con habilidad, sin alteraciones del tempo narrativo. El afán por mostrar el ambiente social para entenderlo como sombras que ahogan y del que resulta difícil, casi imposible, zafarse, se desliza por su obra señalando un espíritu crítico, la inconformidad y el deseo de justicia. Servando, con el conocimiento de centenares de personas que han pasado por su vida durante el desarrollo de su labor como profesional de la arquitectura, engarza o imita características diversas con las que adorna a sus personajes literarios, asimilando, analizando e identificando sus personalidades. Así, también ha aprovechado de ellas las inquietudes, las rebeldías y la cultura de tantas personas de distinta clase social o condición que le han brotado del recuerdo, de su experiencia vital. Las transformaciones de sus personajes, modeladas en la vecindad, el trabajo o en conversaciones en plazas y caminos se muestran sin recato. El autor es amigo de esa conversación con cualquiera que se cruce en su camino, de escuchar historias o de intercambiar opiniones y selecciona las que le producen mayor conmoción. Con ello urde su narrativa.

Hacia el primer tercio de esos relatos, el lector está en situación de acompañar al autor en los entresijos de sus argumentos, en los dramas o en las tragedias. Generalmente, los personajes de Servando son seres socialmente desarraigados, incultos, con intenciones primitivas, ineducados. En esa salsa, el autor se desenvuelve como pez en el agua, de manera que se hace comprensible lo que hacen y por qué lo hacen. El lector justifica sus acciones. Otro de los elementos que él incorpora al relato, como un personaje más, con una sutil e innata habilidad, es el paisaje. No se concibe un relato de Andrés Servando sin contar con un paisaje definido y exacto. Casi siempre es la calle, una calle sórdida con casas sórdidas y con personajes sórdidos, especulativos, y, cuando no, es el campo, el monte, la carretera con historia, la carretera donde ha sucedido algo notorio. Así sucede con los personajes de Gestos de una calle, una calle de la posguerra española que siguen lastrados en sus miserias; así sucede con los personajes de Juana la madre o los de muchos de los relatos de Especulaciones fugitivas (el emigrante o el indiano, el político al uso, el aprovechado social, el especulador). En “Apuntes para una aproximación a la narrativa canaria última”, el profesor Juan José Delgado, en el epígrafe “Novela y periferia” dice: “La ciudad recoge también unas almas desarraigadas de su lugar de origen, tentadas por la promesa de una mejor vida y destinadas a un purgatorio que, en las narraciones de Andrés Servando o de José Rivero, muestran las muchas caras del subdesarrollo y de la injusticia”.